29 noviembre 2025

¿Por qué el capitalismo siempre coloca líderes idiotas en el poder?

 


El mundo está dirigido por personas que en cualquier otra profesión habrían sido despedidas en su primera semana. Para operar en un quirófano necesitas una década de formación. Para pilotar un avión comercial, miles de horas de práctica supervisada. Para reparar un sistema eléctrico, certificaciones que demuestren que no matarás a nadie por negligencia. Pero para controlar arsenales nucleares, firmar órdenes de movilización que envían miles de personas a morir o decidir qué industrias quiebran y cuáles reciben rescates multimillonarios, solo necesitas una cosa, saber aparecer en una pantalla.

Un comediante ucraniano que interpretaba a un presidente en una serie de televisión ahora firma decretos que determinan si habrá guerra o paz. Un magnate estadounidense cuya única experiencia administrativa real fue despedir participantes en un reality show ,c ontroló durante cuatro años los códigos nucleares de la mayor potencia militar del planeta. No son anomalías, son el estándar. Y lo más inquietante no es que hayan llegado, es que mientras estaban ahí, el mundo siguió funcionando.

Las bolsas subieron, los bancos operaron, las corporaciones se expandieron como si la figura en la pantalla fuera completamente prescindible para el funcionamiento real del poder. Hay un sentimiento que recorre las sociedades contemporáneas, una angustia que no siempre se nombra, pero que todos reconocemos. La sensación de que no hay ningún adulto en la sala. De que las decisiones que determinan si viviremos en paz o en crisis están en manos de personajes que parecen protagonistas de una sátira, no estadistas capacitados para gobernar. ¿Cómo llegamos hasta aquí? Esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es, ¿para qué los necesitan? La narrativa oficial es tranquilizadora. Los idiotas llegaron al poder porque las masas fueron manipuladas.

Las redes sociales envenenaron el debate público. Los algoritmos crearon burbujas de desinformación. El populismo explotó el resentimiento de los perdedores de la globalización. La democracia, ese experimento frágil, finalmente mostró su defecto fatal. Confiar en el criterio de personas no preparadas para tomar decisiones complejas.

Esta explicación tiene la virtud de ser coherente y la desgracia de ser completamente insuficiente, porque trata el fenómeno como una anomalía, como un virus que infectó un sistema previamente sano, como si antes de Trump, antes de Selensky, antes del desfile de bufones mediáticos ocupando los más altos cargos, el poder hubiera estado en manos de mentes brillantes tomando decisiones racionales en favor del bien común, como si este fuera el desvío y no la consolidación de algo que llevaba décadas gestándose.

La teoría de la manipulación de masas tiene un problema estructural. Asume que existe un votante ideal, racional, informado, que fue corrompido por fuerzas externas. Pero ese votante nunca existió. Nunca votamos por competencia técnica. Siempre votamos por narrativa, por identidad, por el líder que nos hace sentir algo.

Lo que cambió no fue el electorado, fue que el sistema dejó de necesitar disimular. Antes, los actores del poder necesitaban mantener la ilusión de que la política importaba. Necesitaban líderes que al menos aparentaran entender economía, geopolítica, administración pública.

Hoy esa pantalla cayó y lo que quedó expuesto no es el caos. Es una máquina funcionando con perfecta eficiencia, pero sin conductor. Estos líderes no son errores del sistema, son el producto final, no son la enfermedad, son el síntoma de un cuerpo que ya aprendió a funcionar sin cerebro.

Y la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo detener la invasión de los incompetentes, sino por qué un sistema que se jacta de ser meritocrático, eficiente y racional los prefiere exactamente así: visibles, ruidosos y completamente prescindibles para las decisiones que realmente importan.

Para entender por qué los prefiere así, necesitamos nombrar lo que está ocurriendo. Los griegos tenían una palabra para esto, La palabra "kakistocracia", que significa el gobierno de los peores, , de los menos calificados, de aquellos cuya única virtud es no tener vergüenza suficiente para rechazar el cargo. Pero kakistocracia suena a decadencia, a colapso, a final de ciclo.

Y lo que estamos presenciando no es el final de nada, es la culminación de un diseño. El capitalismo financiero contemporáneo operó una excisión que pocos advierten. Separó la autoridad escénica del poder administrativo. El líder que aparece en la pantalla y el poder que toma las decisiones reales ya no son la misma entidad.

El presidente gesticula, twitea, genera controversia, ocupa todos los titulares. Mientras tanto, la burocracia permanente, los bancos centrales, las corporaciones multinacionales, los fondos de inversión que controlan infraestructuras críticas operan en un silencio absoluto, sin cámaras, sin escrutinio, sin resistencia.

El líder mediático funciona como un pararrayos. Atrae toda la electricidad de la indignación popular hacia su figura. Las marchas, los hashtags, las columnas de opinión, los memes, los debates familiares, todo se consume discutiendo su último escándalo, su última declaración aberrante, su incompetencia evidente. Y mientras esa tormenta descarga su furia sobre él, la estructura de la casa permanece intacta.

Nadie está cuestionando quién redacta las leyes de desregularización financiera. Nadie está vigilando qué corporación acaba de comprar el sistema de agua potable de tu ciudad. Nadie está siguiendo el dinero. Guy Debord. escribió en 1967 que en la sociedad del espectáculo todo lo que era vivido directamente se ha convertido en representación. No estaba prediciendo el futuro, estaba describiendo el mecanismo que haría inevitable esta realidad. La política dejó de ser el ejercicio del poder y se convirtió en la representación del poder. El líder dejó de ser quien gobierna y se convirtió en quien aparenta gobernar. El voto dejó de ser un acto cívico y se convirtió en un acto de consumo de imagen.

Por eso Trump y Selensky no son anomalías, son la lógica llevada a su conclusión natural. Trump transformó la Casa Blanca en un plató de televisión porque entendió que eso era exactamente lo que se esperaba de él. No llegó a Washington para cambiar el sistema, llegó para ser su entertainer en jefe.

Su función no era gobernar, era mantener el show. Cada tweet polémico, cada declaración escandalosa, cada controversia fabricada cumplía el mismo propósito. Mantener todas las miradas fijas en él, mientras detrás del escenario quienes realmente importaban hacían su trabajo sin interferencias. Desmontó regulaciones ambientales, firmó recortes fiscales para corporaciones, nombró jueces que alterarían leyes por décadas.

Pero lo que el público recuerda son sus peleas con celebridades y sus errores ortográficos en redes sociales. Selensky aún más revelador. Interpretaba a un profesor de historia que, harto de la corrupción política, se convertía en presidente de Ucrania en una serie de televisión llamada Servidor del Pueblo. La serie tuvo tanto éxito que creó un partido político con el mismo nombre y ganó las elecciones.

El pueblo no votó por un programa de gobierno. votó por la ficción esperando que se hiciera realidad. A esto lo llamó Jean Baudrillard el simulacro, el momento en que la copia sustituye al original, en que la imagen importa más que la sustancia. Selensky no fue elegido a pesar de ser actor. Fue elegido precisamente porque ya había interpretado el papel.

La realidad política había muerto. Lo que quedó fue el casting. Pero aquí está la parte que incomoda. Esto funciona. Funciona porque el sistema económico global ya no necesita líderes competentes. Necesita gestores de emociones colectivas. Necesita a alguien que sepa leer un prompter, que genere engagement, que mantenga a la audiencia entretenida. Mientras la economía sigue operando en piloto automático.

Los bancos centrales ya tienen sus fórmulas. Las corporaciones ya tienen sus lobbis. Los tratados comerciales ya están negociados por tecnócratas que nunca aparecerán en un debate televisado. El presidente es la mascota del sistema, no su cerebro. Y lo más aterrador es que el mercado financiero no solo tolera esta dinámica, la prefiere.

Un líder que gasta toda su energía política en guerras culturales y polémicas de redes sociales es un líder que no está interfiriendo con lo que realmente importa. La acumulación de capital. Ladra mucho, muerde poco, o mejor dicho, ladra tanto que la audiencia no nota que ya no tiene dientes. La consecuencia de esta dinámica no es el caos, es algo peor, la normalización.

Nos acostumbramos a que la política sea entretenimiento, a consumir noticias como quien consume una serie de televisión, esperando el próximo giro argumental, el próximo escándalo, la próxima temporada. El electorado, entrenado por algoritmos que premian la novedad y el shock, ya no vota por programas de gobierno, vota por arcos narrativos, por el candidato que ofrece la historia más emocionante, no el plan más coherente.

Esto ha reconfigurado por completo lo que significa ganar en política. Ya no ganas por tener las mejores ideas, ganas por tener la mejor presencia escénica, por saber cuándo gritar, cuándo susurrar. Cuándo generar indignación y cuándo fingir empatía. La campaña electoral dejó de ser un debate de propuestas y se convirtió en una audición para protagonista de un drama colectivo.

Y cuando el líder finalmente llega al poder, el guion sigue escribiéndose con la misma lógica. Cada decisión se mide por su impacto mediático, no por su efectividad administrativa. Cada crisis se gestiona pensando en cómo se verá en los titulares, no en cómo se resolverá en la práctica. Gobernar se volvió indistinguible de actuar.

Frente a esto emergen las soluciones de siempre. Necesitamos líderes más educados, dicen algunos. Debemos regular las redes sociales, proponen otros. La respuesta es más democracia directa, más participación ciudadana, insisten los optimistas. Todas estas propuestas tienen algo en común. son completamente inútiles, no porque sean malintencionadas, sino porque no atacan la raíz.

Puedes exigir que los candidatos tengan doctorados, pero si el sistema sigue premiando la capacidad de generar titulares por encima de la capacidad de gobernar, solo conseguirás idiotas con diplomas. Puedes regular las redes sociales hasta el autoritarismo, pero si la televisión, la radio y los periódicos ya llevan décadas convirtiendo la política en espectáculo, solo estarás cerrando una ventana mientras todas las puertas permanecen abiertas.

Puedes multiplicar los referéndums y las consultas populares, pero si el votante sigue consumiendo política como entretenimiento, solo estarás democratizando el circo, no desmontándolo. El problema no es quién está en el escenario, el problema es que exista un escenario. El problema no es que el actor sea malo, es que estemos buscando actores cuando necesitaríamos ingenieros.

Y sobre todo, el problema es que hemos dejado de preguntarnos si acaso necesitamos ese escenario, si el protagonista que tanto miramos tiene algún poder real o si lo que llamamos democracia no es más que el derecho a elegir qué máscara usará el siguiente decorado de un sistema que ya decidió hacia dónde va. Ahora podemos ver lo que estaba oculto a plena luz.

La idiotez no es estupidez, es camuflaje. La incompetencia del líder no es un defecto que el sistema tolera, es una funcionalidad que el sistema necesita. Porque un líder que parece ridículo desarma cualquier crítica seria antes de que llegue a las estructuras reales. Nos pasamos años riéndonos de los errores ortográficos de Trump, de sus exabruptos, de su estética de millonario de telenovela.

Mientras tanto, ¿quién estaba revisando los contratos de reconstrucción? ¿Quién seguía el dinero de los rescates bancarios? ¿Quién vigilaba las leyes que permitieron la mayor transferencia de riqueza hacia arriba en décadas? Nadie, porque estábamos ocupados compartiendo memes. La futilidad es la armadura perfecta para la impunidad.

Cada escándalo líder histriónico drena toda la energía crítica del público hacia su figura. Mientras nadie pregunta quién escribió la legislación que desreguló las finanzas, qué corporación privatizó un servicio público o dónde están las cuentas offshore de quienes realmente deciden. Selensky llegó como el outsider que enfrentaría a las élites, pero los oligarcas que controlaban Ucrania antes de su elección siguieron controlándola después.

Las mismas redes de poder, los mismos intereses. Solo cambió la cara en la pantalla, solo cambió el actor encargado de absorber la frustración popular mientras el guion permanecía intacto. El sistema no necesita líderes brillantes porque los líderes brillantes son peligrosos. Un estadista con visión real puede cuestionar el orden establecido, pero un comediante, un magnate de reality shows, un personaje que solo entiende de trending topics, es perfectamente inofensivo.

No puede amenazar lo que no comprende, no puede desmantelar lo que ni siquiera sabe que existe. Por eso, el capitalismo financiero prefiere gobernantes que provengan del entretenimiento, no a pesar de su falta de experiencia política, sino exactamente gracias a ella. Su única función es mantener el espectáculo en marcha, absorber la insatisfacción colectiva y renovar cada 4 años la ilusión de que algo puede cambiar.

El sistema no colocó a un payaso en el trono por equivocación. Necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Entonces, ¿qué hacemos con esta revelación? La primera respuesta instintiva es buscar un líder mejor, alguien más preparado, más honesto, más capaz. Pero ya vimos que esa solución no toca la raíz.

El problema no es la calidad del actor, es la existencia del teatro. La alternativa real no es política en el sentido tradicional, es perceptiva. Es un cambio radical en donde colocamos nuestra atención, llamémoslo el asetismo de la atención. Retirar deliberadamente nuestra mirada del escenario y dirigirla hacia los bastidores.

Dejar de consumir política como si fuera entretenimiento. Dejar de reaccionar a cada declaración escandalosa, a cada tweet polémico, a cada controversia fabricada. Porque cada segundo que invertimos discutiendo al payaso es un segundo que no estamos vigilando quién está moviendo los hilos, quién financia realmente las campañas, qué corporaciones redactan los proyectos de ley que los legisladores solo firman.

¿Qué fondos de inversión controlan la infraestructura crítica de tu ciudad? ¿Quién se benefició del último rescate financiero? Esas preguntas no generan memes, no se vuelven virales, no alimentan el ciclo del espectáculo y precisamente por eso son las únicas que importan. La solución no es cambiar al líder, es dejar de mirarlo.

Tal vez lo más revolucionario que podemos hacer en este momento no sea marchar ni votar diferente, ni compartir el próximo hashtag indignado. Tal vez sea algo mucho más simple y más difícil, negarnos a seguir el guion. Negarnos a consumir el escándalo del día, negarnos a alimentar con nuestra atención el único recurso que el espectáculo necesita para perpetuarse.

Porque si hay algo que este sistema no soporta es el silencio. Y nada aterra más al circo que una audiencia que se levanta y se va.

Es una marca de lucidez compartida, una forma de reconocernos entre quienes dejamos de aplaudir el circo para empezar a vigilar la caja fuerte. Volvamos al inicio, pero con otros ojos. El mundo está dirigido por personas que en cualquier otra profesión habrían sido despedidas en su primera semana. Esa frase que al principio sonaba como denuncia ahora revela su verdadera naturaleza.

No es una falla. es el diseño perfecto para un sistema que ya no necesita conductores, porque lo que llamamos incompetencia es en realidad la cualificación exacta para el cargo. El líder idiota no está ahí para tomar decisiones, está ahí para simular que alguien las está tomando. No está ahí para gobernar, está ahí para que creamos que todavía existe algo llamado gobierno.

Su función no es dirigir la máquina, es distraernos del hecho de que la máquina ya no tiene volante. Esta es la orfandad política que mencionamos, ese terror existencial de descubrir que no hay ningún adulto en la sala. Pero ahora podemos reformular esa angustia. No es que no haya adultos, es que dejamos de necesitarlos. El capitalismo financiero llegó a un punto de automatización tan completo que el liderazgo humano se volvió decorativo.

Los algoritmos de trading mueven mercados. Los bancos centrales aplican fórmulas predeterminadas. Las corporaciones ejecutan planes estratégicos diseñados por consultoras que nadie eligió. El sistema opera en piloto automático y el líder es simplemente la interfaz humana de un mecanismo que ya decidió su propio rumbo.

Trump nunca tuvo el poder que aparentaba tener. Selensky nunca controló lo que decía controlar, no porque fueran débiles, sino porque el poder ya no reside donde solía residir. Se dispersó, se volvió difuso, técnico, administrativo, se escondió en cláusulas de tratados comerciales, en decisiones de juntas directivas, en algoritmos que determinan qué ves, qué compras, qué piensas.

Y aquí está la gran ironía. Mientras nos obsesionamos con el idiota en el trono, con su incompetencia evidente, con sus declaraciones absurdas, el verdadero poder celebra. Porque cada minuto que dedicamos a indignarnos por lo que el líder dijo, es un minuto que no dedicamos a cuestionar por qué las grandes corporaciones no pagan impuestos. Por qué los salarios no crecen mientras las ganancias corporativas explotan. Por qué cada crisis financiera termina con rescates para los bancos y austeridad para el resto. El idiota es el escudo perfecto. Mientras exista, mientras ocupe la pantalla, mientras monopolice nuestra atención y nuestra rabia, el sistema real puede operar sin resistencia, sin cuestionamientos, sin amenaza de transformación, pero ahora lo sabemos.

Y saber lo cambia todo porque una vez que ves el mecanismo, no puedes dejar de verlo. Una vez que entiendes que el escándalo del día es una cortina de humo, que el líder ruidoso es una distracción funcional, que tu indignación está siendo administrada como un recurso más, ya no puedes participar del juego con la misma inocencia.

El poder no está donde nos dijeron que estaba. Y esa revelación, por más incómoda que sea, es también liberadora. Porque si el trono está vacío, si el líder es un decorado, entonces nuestra energía política no debería gastarse en cambiar la decoración, debería invertirse en desmantelar el teatro completo.

¿Has sentido esa transformación? ese momento en que dejas de discutir lo que dijo el político y empiezas a preguntar quién le escribió el discurso.


Hay una verdad que atraviesa todo lo que hemos analizado. Una verdad tan simple que resulta obscena. El sistema no se equivocó al colocar a un payaso en el trono. El sistema necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Durante décadas nos vendieron la idea de que la democracia era el gobierno del pueblo, que nuestro voto importaba y quizás alguna vez fue verdad. Pero ese tiempo terminó.

Lo que tenemos ahora es una simulación tan perfecta que nos cuesta aceptar que es simulación. Un teatro tan bien montado que seguimos comprando entradas, aunque ya sepamos que los actores no escriben el guion, que el decorado es cartón pintado, que la obra se representa para mantenernos en la butaca, mientras en otro edificio, sin cámaras ni audiencia, se toman las decisiones reales.

El verdadero poder no necesita aplausos, necesita silencio y nada genera más ruido que un idiota al mando. Mientras discutimos si el líder es fascista o incompetente, mientras compartimos indignados su última barbaridad, el sistema que lo colocó ahí sigue acumulando, concentrando, extrayendo, sin freno, sin oposición, sin que siquiera sepamos sus nombres, pero ahora tú lo sabes y eso te convierte en un problema para el espectáculo, porque el espectáculo solo funciona si la audiencia cree en él.

El día que dejemos de aplaudir, el día que dejemos de consumir el escándalo del día, el día que dirijamos nuestra atención hacia donde realmente duele, el circo colapsa. Desaprender eso es un acto de resistencia. Negarse a seguir el guión, a consumir la indignación programada, a invertir energía emocional en peleas diseñadas para agotarnos es sabotear el único recurso que el sistema necesita. Nuestra atención.

Tal vez la revolución no sea tomar el poder. Tal vez sea dejar de mirarlo donde nos dijeron que estaba y empezar a buscarlo donde realmente opera. Tal vez sea entender que el enemigo no es el idiota en el trono, sino el mecanismo que hace que el trono no importe. Tal vez sea aprender a vivir sin esperar al líder correcto, al partido correcto, a la elección correcta. Asumir que si queremos transformar algo, tendremos que hacerlo sin pedir permiso al espectáculo, porque el espectáculo nunca dará permiso para su propia abolición. Esta no es una conclusión, es una apertura, un punto de partida para mirar de otra forma, para dejar de ser audiencia y empezar a hacer otra cosa.

Algo que se reconoce en la lucidez compartida de quienes ya no aplauden. El circo seguirá, pero no necesitas quedarte en la función.

Byung-Chul Han


18 noviembre 2025

El sionismo contemporáneo

 


El sionismo contemporáneo no debe verse únicamente como una forma tardía del colonialismo de colonos europeos, sino como una consecuencia específica de un proyecto civilizacional europeo mucho más antiguo, cuyas raíces se encuentran en el cristianismo medieval, la ideología cruzada y las expectativas milenarias centradas en Jerusalén. El sionismo en su forma moderna, incluido el sionismo político judío, aparece en su relato como la última articulación de un intento milenario de la Europa cristiana de sacralizar el orden mundial alrededor de la Ciudad Santa.

Desde este punto de vista, el marco cognitivo y simbólico para comprender el mundo —y el lugar de Europa en el mundo— se desarrolló en la Edad Media y floreció en los siglos siguientes. Un elemento clave de este marco es la leyenda del Preste Juan: un supuestamente cristiano “rey de reyes” ubicado en algún lugar de Oriente, que promete una alianza con la cristiandad occidental para reconquistar Jerusalén. Aunque la carta atribuida al Preste Juan era casi con certeza una falsificación producida en la corte de Hohenstaufen, su efecto político fue profundo. Circuló ampliamente en latín, lenguas vernáculas europeas, hebreo, griego y lenguas eslavas, ayudó a justificar la Tercera Cruzada y luego, fundamentalmente, alimentó la imaginación de generaciones posteriores de élites europeas.

La leyenda del siglo XII hace más que expresar el deseo de recuperar una ciudad perdida. Fusiona una idea imperial alejandrina —unir Oriente y Occidente bajo un gobernante sagrado— con la escatología cristiana. La conquista de Jerusalén, en este imaginario, inaugurará una última edad de oro y acelerará la venida del Señor. Esta combinación de ambición territorial, expectativa salvífica y un mundo binario de luz y oscuridad sustenta lo que él llama el “espíritu cruzado” de Europa. También ayuda a explicar por qué la expansión europea a partir del siglo XV no sólo estuvo impulsada por motivos materiales sino que estuvo profundamente saturada de contenido teológico y mítico.

Va de la mano con la autocomprensión medieval de Europa y su posición en el mundo, bellamente representada en el mapa de Ebstorfer de principios del siglo XIII. En él se ve el mundo conocido dibujado con la cabeza de Jesucristo arriba, sus dos manos a los lados y sus pies abajo. En el corazón del mapa y de Jesús se encuentra la ciudad de Jerusalén. Pero lo más importante es que la cabeza de Jesús no está en el norte sino en el este. El norte está a la derecha de Jesús’ y el sur (África) está a su izquierda. Aunque hoy en día a menudo criticamos el eurocentrismo, es digno de mención que tales representaciones medievales no entendían en absoluto a Europa como el centro del mundo, sino en un lugar bastante lamentable “abajo” de donde vendría la salvación. Es a partir de esa cosmovisión que nacieron las Cruzadas Europeas.La ambición de unirse con el rey cristiano mágico desde “hacia arriba” en Oriente, hasta “asentimiento” en el mundo, y luchar conjuntamente hacia el centro—Jerusalén

La expansión marítima portuguesa alrededor de África, desde este punto de vista, estuvo orientada por la búsqueda del Preste Juan, a veces reimaginado como un monarca cristiano etíope. Los primeros conquistadores europeos, como Alfonso de Albuquerque, encarnan este milenarismo radical: el proyecto de desviar el Nilo, romper el poder de los mamelucos, apoderarse de La Meca y finalmente marchar por tierra hacia Jerusalén es una continuación directa del objetivo de las cruzadas por nuevos medios.

Por lo tanto, se puede argumentar convincentemente a favor de una continuidad sociopolítica desde las cruzadas medievales hasta la llamada Era de los Descubrimientos. Los viajes portugueses y españoles no fueron sólo una aventura comercial o demográfica (como se los suele ver hoy en día), sino que fueron misiones encomendadas por el Papa para “descubrir” o “descubrir” el mundo —el descobrimento que significa literalmente “quitar la cubierta” de la oscuridad proyectando la luz de Cristo.[1] Esto va de la mano con el milenarismo —una creencia cristiana profundamente arraigada en la llegada de un reinado de Cristo de 1000 años antes del Juicio Final—, para el cual la conquista de las Tierras Santas fue central.[2]

Este largo arco es importante para la interpretación que hace Ramos del sionismo moderno. Es el sionismo cristiano, no el sionismo judío, el más antiguo y numéricamente más grande fenómeno—algo también Profesor Yakov Rabkin de la Universidad de Montreal explica en otra charla reciente.

A partir de los siglos XVII y XVIII en Inglaterra, las corrientes milenarias propusieron la “restauración” de los judíos en Palestina como parte de una expectativa más amplia del milenio.[3] En la década de 1830, las ideas sionistas cristianas se habían consolidado en Gran Bretaña y luego emigraron a los Estados Unidos, donde ahora animan gran parte del apoyo evangélico al Estado de Israel. Ramos enfatiza que este sionismo cristiano precede al sionismo político judío “por más de un siglo” y que está estructuralmente ligado a escenarios apocalípticos como el Armagedón, no a la preocupación por la seguridad judía o la autodeterminación nacional.

En este sentido, incluso el proyecto de Theodor Herzl aparece como un momento derivado de una tradición cristiana europea más larga. No olvidemos que la primera estrategia de Herzl para mantener segura a la comunidad judía de Viena no fue fundar un Estado judío sino perseguir la conversión masiva de judíos al catolicismo.[4] El sionismo fue, en las propias reflexiones de Herzl, una especie de plan de respaldo, aunque resultó más realista que la conversión de los judíos. Esto simplemente subraya cuán profundamente europeo, y específicamente cristiano, es el campo conceptual del sionismo (de nuevo, algo también Rabkin subrayaconstantemente). El sionismo como proyecto político surge de los debates europeos sobre modernidad, imperio y escatología, antes de que fuera adoptado y reelaborado por actores judíos que enfrentaban el antisemitismo y la violencia estatal.

¿Qué se añade entonces al enmarcar el sionismo como la continuación de las Cruzadas y no únicamente como colonialismo? Ramos no niega la dimensión colonial. El establecimiento y expansión del Estado israelí en Palestina implica asentamientos, desposesión, poder asimétrico y jerarquías racializadas; en ese sentido, pertenece claramente a la historia de las prácticas coloniales europeas. Pero sostiene que el lenguaje del “colonialismo de colonos” es insuficiente, porque pone en primer plano los impulsores económicos y demográficos mientras deja parcialmente invisibles las estructuras civilizacionales y teológicas más profundas, especialmente el impacto de las concepciones europeas del universalismo, hoy a menudo expresadas en un discurso sobre “valores” como los derechos humanos, la democracia, la libertad, etc esto se ha aplicado repetidamente a lo largo de los siglos—, aunque siempre de forma estrictamente limitadaexcluyendo a aquellos que no son vistos como parte del grupo interno.

En esta autocomprensión de Europa —y más tarde “de Occidente”, incluida América—, la parte iluminada de la humanidad es portadora de luz, razón y salvación, frente a un entorno “jungla” de oscuridad y amenaza. Es la mentalidad retratada por Josep Borell, entonces Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, hace unos años en su ahora infame Discurso sobre el jardín:

“Sí, Europa es un jardín. Hemos construido un jardín. Todo funciona. Es la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y cohesión social que la humanidad (sic.) ha podido construir (…). El resto del mundo (…) no es exactamente un jardín. La mayor parte del resto del mundo es una jungla, y la jungla podría invadir el jardín. Los jardineros deben cuidarlo, pero no protegerán el jardín construyendo muros”

Y no se equivoquen, no es sólo la forma loca de Borell de decir las cosas. La UE, en general, todavía se ve a sí misma en gran medida en términos misioneros —hoy armada con agendas de desarrollo, derechos humanos, género e igualdad sexual— que se dirigen a los africanos en el imperativo, instruyéndolos sobre lo que “deberían” hacer (algo que funcionó maravillosamente Profesor Peo Hansen de la Universidad Linksöping). Esta postura simplemente reproduce la postura cruzada en forma secular. Presupone a Europa como un núcleo normativo, encargado de reformar una periferia desviada, aun cuando los africanos tienen ahora múltiples socios externos y a menudo ignoran las prescripciones europeas.

Esta larga duración de la trayectoria histórica en la que debemos incorporar las palabras de Borell ayuda a explicar tanto la profundidad del apego europeo y norteamericano a Israel como el recurso constante a la “tradición judeocristiana” como marcador de civilización. Es el significado mental e histórico detrás de llamar a Israel “la única democracia en el Medio Oriente”. Dado que la democracia (en este sentido casi mítico) se entiende como el epítome de la civilización occidental, e Israel es una parte central de ella, es obligación de Occidente apoyar a Israel no por el bien de Israel, sino consolidar de una vez por todas su propia dominación sobre las Tierras Santas.

Cuando hoy las élites europeas defienden las acciones de Israel en Palestina, a menudo frente a pruebas abrumadoras de violencia masiva, no están simplemente defendiendo a un aliado estratégico o un proyecto de colonos. Están defendiendo, consciente o inconscientemente, un imaginario milenario en el que el control de Jerusalén es la cúspide simbólica de la identidad occidental y de la historia de la salvación. Por esa razón, sugiere Ramos, los conflictos contemporáneos en el Medio Oriente pueden leerse como iteraciones de una “Séptima” o “Octava” Cruzada, más que como un cambio completamente nuevo.

La afirmación central de Ramos, entonces, no es que las explicaciones materiales —expansión capitalista, presiones migratorias, extracción de recursos— sean erróneas, sino que son incompletas si ignoran la larga transformación de las ideas. Las cruzadas, el milenarismo, el sionismo cristiano, las utopías de la Ilustración y el discurso “de la misión civilizadora” forman un campo continuo aunque en evolución. El sionismo, desde este punto de vista, es una cristalización específica de ese campo: una forma en que el proyecto civilizacional europeo ha buscado instalar su centro sagrado y político en Jerusalén, a través de actores cristianos y judíos por igual, durante muchos siglos.

Describir el sionismo sólo como colonialismo es perderse esta larga duración. Se corre el riesgo de tratar el presente como un episodio tardío de una historia del siglo XIX, en lugar de como un momento de una lucha milenaria para unir el orden mundial, la salvación y la identidad europea a una sola ciudad. Tomar en serio ese horizonte más largo es indispensable para que los europeos comprendan cómo aparece su propia historia desde el punto de vista de quienes viven con las consecuencias— en Palestina, en África y en todo el mundo anteriormente colonizado.


[1] Para una discusión útil sobre el cambio de significado de esta palabra, véase Joaquim Barradas de Carvalho, A la Recherche de la Specificité de la Renaissance Portugaise (Fundación Calouste Gulbenkian, Centro Cultural Portugués:1983).

[2] Sobre el milenarismo y la corte portuguesa, véase Sanjay Subrahmanyam, La carrera y la leyenda de Vasco da Gama (Prensa de la Universidad de Cambridge: 1997).

[3] Véase, por ejemplo, Samuel Collet, Un tratado sobre la futura restauración de los judíos y los israelitas a su propia tierra (J. Higmore: 1747).

[4]Herzl recuerda en sus diarios: “Todavía puedo recordar dos concepciones diferentes de la cuestión y su solución que tuve a lo largo de esos años. Hace unos dos años quise resolver la cuestión judía, al menos en Austria, con la ayuda de la Iglesia católica. Quería acceder al Papa (no sin antes asegurarme el apoyo de los dignatarios de la Iglesia austriaca) y decirle: Ayúdanos contra los antisemitas e iniciaré un gran movimiento por la conversión libre y honorable de los judíos al cristianismo. Como es mi costumbre, había pensado en todo el plan hasta en todos sus detalles minuciosos. Me veo tratando con el arzobispo de Viena;En mi imaginación me presenté ante el Papa —ambos lamentaban mucho que yo no quisiera hacer más que seguir siendo parte de la última generación de judíos— y envié este lema de mezcla de las razas que vuelan por todo el mundo.” En Raphael Patai (Ed.), Los diarios competitivos de Theodor Herzl, Volumen 1, pág. 7 (Herzl Press: 1960).

https://www.youtube.com/watch?v=xBo9mmDDIg4




23 octubre 2025

Las democracias liberales corren el riesgo de convertirse en oligarquías autoritarias

 


La relevancia de la política internacional se refiere a las distopías descritas por autores como George Orwell o Aldous Huxley. Pero se trata de leer sobre Si este es un hombre por Primo Levi para recordarnos el ADN humano inmutable que la vida en el campo de concentración ha puesto de relieve: el instinto de supervivencia doblega al hombre. La rivalidad con los pares y la genuflexión con los superiores son las características del microcosmos del campo de concentración.

En una sociedad que ha perdido su alma, en la que ha desaparecido el sentido de comunidad, triunfan la competencia, el individualismo desenfrenado, la opresión de los débiles y el feroz alineamiento con el poder. Quizás no estemos en el universo simplificado del campo de concentración, pero en muchos aspectos su esencia espiritual vive en las oligarquías antiliberales actuales.

La corrupción ha dado forma a políticas como las instituciones culturales, el mundo académico y el espacio mediático. Las democracias liberales posteriores a la Segunda Guerra Mundial se han transformado en oligarquías que tienden al autoritarismo. Como en el campo de concentración descrito por Primo Levi, en una estructura piramidal, de conformismo absoluto y alineamiento con el poder, cada grupo social intenta abrumar al que está justo debajo y se identifica con el otro que está justo encima.

Observar la realidad política italiana, europea y occidental confirma las visiones lúcidas del gran escritor humanista judío. En la indiferencia de la opinión pública, la corrupción de las clases dominantes aparece ahora sin camuflaje. La prevalencia de la fuerza contra la ley está en la agenda como la retórica racista, contra el Islam y el terrorismo, contra el enemigo ruso, contra el diferente, que ya no es judío ni homosexual sino aquel que no se alinea con las lógicas belicistas, proatlánticas y proisraelíes, supremacistas blancas.

Dos acontecimientos recientes parecen emblemáticos de la degeneración del discurso político en Occidente. El discurso de Donald Trump en Tel Aviv fue emblemático, ya que afirmó públicamente haber sido presionado por la multimillonaria Miriam Adelson, la viuda judía estadounidense de Sheldon Adelson, quien irrumpe en la Oficina Oval para exigir políticas proisraelíes. Pero también es significativo el Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corinne Machado. Militante de la derecha radical, proisraelí y financiado por el NED (Fondo Nacional para la Democracia, edu), pide públicamente la intervención de Estados Unidos para derrocar al gobierno de su país.

El desafío de las manifestaciones pro-Gaza

La dimensión colectiva ha sido borrada. La jungla y la competencia prevalecen en el individualismo desenfrenado. Nuestras SS, invisibles en los campos de concentración como en las sociedades occidentales, son los potentados económicos, los lobbies financieros que coinciden con los de las armas e Israel. No es antisemitismo denunciarlo. Como todo el mundo debería saber, el antisemitismo es un fenómeno histórico comparable al racismo y al supremacismo blanco contra comunidades de judíos guetizados y perseguidos, odiados por sus ritos religiosos y costumbres sociales, por sus rasgos somáticos. Nada que ver con la indignación de las calles y los movimientos pro palestinos que defienden a los judíos de hoy, a los palestinos, un pueblo apátrida, atormentado por una potencia colonial blanca.

Naturalmente el mundo es complejo, no es tan claro y simplificado como el del campo de concentración. Tenemos variables independientes de las que son un ejemplo las manifestaciones populares que condenan el genocidio en Gaza. Sin embargo, es difícil, sin estructuración y mayor conciencia política, que éstos se transformen en un verdadero movimiento político, capaz de cambiar las élites y el rumbo de la Unión Europea. Ya son explotados en el falso conflicto entre los dos partidos de derecha en el poder, liderados por el partido transversal Dem que apoyó la política de Israel, considerada defensiva contra el terrorismo, hasta las 50.000 muertes en Gaza, y luego tomó posesión junto con Unexcited y Unípara de una nueva narrativa contra Trump y Benjamin Netanyahu.

¿Cómo llegamos a la distopía actual, a la separación entre las oligarquías financieras por un lado y el resto de la población europea, entre la sociedad del ’1%, que alcanza el 5 o el 10% incluyendo toda la clase de servicio, por un lado y el 90%, la sociedad civil fluida, atomizada y apolítica? Las causas son profundas, de carácter geopolítico y económico-social, y se remontan a la década de 1980.

Corrupción del sistema

Le ho esaminate nel libro Aprobado por noi naufraghi, di prossima pubblicazione con Paperfirst. Molto esquemáticamente e in estrema sintesi se ne potrebbero elencare in questo breve spazio alcune: il patto tra capitale e lavoro che caratterizza in Europa il secondo Dopoguerra e permette le riforme a vantaggio dei lavoratori, la costruzione dello Stato sociale e l'accumulazione capitalista termina negli anni Ottanta. Il ceto capitalista si arrocca e rifiuta la tassazione condivisa e progressiva.

En el ensayo examino cómo surge la trampa de la deuda que, según la narrativa dominante, se debería a un exceso de democracia, a la protección de las clases más débiles en las sociedades ricas. Más bien, demuestro cómo es el resultado de la remuneración de las clases capitalistas y sus préstamos en el mercado de capitales a los estados. El segundo factor importante que prepara el capitalismo financiero y la transformación antropológica que ahora son evidentes es el ordoliberalismo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

En el lema «no hay alternativa», el capitalismo se convierte en una entidad en sí misma, ahistórica. Ya no es una forma reformable de gobernanza económico-social sino que constituye la única realidad posible. En los años noventa, el neoliberalismo y la libre circulación de capitales, codificados en la Unión Europea post-Maastricht, dieron un hombro definitivo a las luchas por la igualdad social de una izquierda cada vez más desarmada y despectiva. El paso de una economía industrial a una financiera y terciaria fragmenta a la clase obrera, que pierde su subjetividad crucial hasta los años setenta y priva a la izquierda de su punto de referencia esencial.

Sociedad de fluidos de Bauman

La sociedad fluida de Zygmunt Bauman se abre camino. Los cuerpos intermedios y las agregaciones sociales desaparecen. La política se convierte en la gestión del consenso, con el fin de realizar un referéndum plebiscitario en beneficio del político carismático del momento. La ingeniería financiera, las cadenas especulativas en Ponzi y la inyección de liquidez extraordinaria, tras la crisis de las hipotecas de alto riesgo de 2008, aceleran un proceso que conduce, gracias a la creación de capital en la nube, a la creciente brecha entre la clase financiera privilegiada y la gran mayoría de las clases trabajadoras y los no garantizados.

Geopolíticamente, el desmantelamiento de la Unión Soviética en 1991 conduce al momento unipolar y a las políticas neoconservadoras estadounidenses. En la fase de máximo poder, el hegemón, que ha permanecido sólo en la escena internacional, sustituye los pilares del derecho internacional y onusiano por un diseño de dominación imperialista basado en el expansionismo de la OTAN y las llamadas guerras de exportación de la democracia. Gracias al extraordinario fortalecimiento del capital financiero, el lobby israelí gestiona enormes fortunas con las que financia la política y el espacio mediático occidentales. Israel, un país de 9 millones de habitantes, controla el poder patrocinador.

Europa sufre los procesos descritos, se convierte en su expresión. La integración, desde un sueño federalista, se transforma en un instrumento para fortalecer una burocracia no electa y no legitimada democráticamente, al servicio de las finanzas. La derecha europea monopoliza la disidencia, mientras que con la extrema izquierda se apodera de una retórica nacionalista y antiinmigrante que está del lado del supremacismo blanco del establishment.

El espacio mediático se concentra en unas pocas manos. Los grandes agregados marginan las entradas independientes. Se hace evidente la ósmosis entre la propiedad de los medios y el lobby financiero. Las pocas agencias de noticias difunden los tejidos de una narrativa única que parece inventar la realidad a escala global.

La distribución de la riqueza en beneficio de los emergentes, que se viene produciendo desde 2008, conduce a un choque entre Estados Unidos y su rival estratégico, China, en torno al cual se agrupa el Sur global, asustado por la arbitrariedad unipolar, por una potencia autocrática que ha perdido su hegemonía. Las doctrinas militares cambian: de Mad (Destrucción Mutua Asegurada), que fue la base de la disuasión durante la Guerra Fría, a Nuts (Selección de Objetivos de Utilización Nuclear), una teoría que contempla un conflicto nuclear limitado.

Los fantasmas de los años treinta

En este espacio confinado no podemos entrar en los diversos factores de la degeneración política que ha afectado al mundo occidental. Para ello, consulte el análisis realizado en el ensayo ya mencionado. Podemos concluir señalando cómo la cultura humanista está sepultada por paroxismos nacionalistas o bélicos.  El Día del Recuerdo se convierte, en el universo distópico actual, en la celebración exclusiva reivindicada celosamente por un grupo contra lo último de la tierra. Incluso utiliza la tragedia del genocidio para fortalecer un polo contra el otro.

La narrativa occidental de la derecha, como la de los socialistas europeos, elogia la guerra y utiliza la mística de los derechos humanos y la democracia para demonizar al enemigo. Se borran el Estado de bienestar y los bienes comunes, mientras aumentan los privilegios de la clase de servicio. El voto garantizado. Los excluidos, los trabajadores precarios, la verdadera intelectualidad, los náufragos de las escuelas políticas desaparecidas, se abstienen.

La cultura y la visión histórica se refugian en nichos todavía pequeños, mientras que las modas del consumismo y el distanciamiento autista, del individualismo narcisista desprovisto de verdadera empatía, se extienden a la mayoría. Se manifiesta un nuevo conformismo agresivo.

Los fantasmas de los totalitarismos de los años treinta vuelven a flotar en el horizonte. Sin embargo, la concienciación en la sociedad civil, ayudada por la brutalidad del genocidio en vivo, está empezando a abrirse camino. Hay que gastar la mejor energía para que este patrimonio no se desperdicie, no quede absorbido por un sistema que lo utiliza y lo recicla todo.

Elena Basile