03 noviembre 2011

No ceder a la resignación

El nuevo mal que afecta nuestro tiempo y carcome los espíritus consiste en imponer el desvío o la reversión para mejor luchar contra la adversidad fundamental.
 
Si quisiera ser cínico, aseguraría con Marcel Duchamp: “No hay solución porque no hay problema.” Precisamente porque nuestras sociedades se caracterizan por el hecho de que la mayoría sigue sin reparar en la mercantilización de los contrarios, que se ha vuelto uno de los motores del marketing. Así, de alguna manera, se puede vender el doble de productos.
 
Es un ejemplo entre muchos otros de lo que llamé la racionalidad de la incoherencia, que se ha vuelto un pensamiento normativo de nuestro tiempo, cada vez más seductor, porque presenta la enorme ventaja de justificarlo todo y hasta su contrario. dos palabras:  “allende” y “distintamente”, como si se tratara de desarrollar una muy distinta forma de crítica que aspirara a reconquistar la coherencia sensible de la que depende la singularidad de cada quien. Es un medio para impedir el triunfo definitivo del hombre unidimensional imaginado por Marcuse y que quisieran imponernos. De ahí la necesidad de mirar a otra parte y de otra manera, sobre todo hoy cuando el precio de nuestra supervivencia depende únicamente de la apuesta a lo que no tiene precio.
 
Es notable que hasta ahora todas las sociedades tradicionales, primitivas o no, se hayan dado los medios para representar lo que llaman el mal, o más exactamente, las fuerzas oscuras que están tanto adentro como afuera de nosotros. Los mitos, las religiones, tuvieron como función esencial evocarlas al tiempo que contenerlas en los ritos. En cambio, desde sus inicios, la sociedad industrial creyó posible ignorar este hecho para afirmar el positivismo contundente del progreso. De ahí se desprendió una nueva religión, una nueva devoción que desplazó las antiguas. Hasta tal punto que pensadores, filósofos y hasta revolucionarios no cesaron de trabajar para integrar lo negativo en la dinámica progresista, porque no prestaban atención (o incluso negándose a prestársela) al mundo sensible que no solo abre sobre todo lo que somos, sino también nos lleva a descubrir la parte de inhumano que nos habita. A toda costa intentan convencernos de que no hay inconsciente, cuando no cesan de engañarnos con simulacros de mitos, mediante la fabricación de iconos intercambiables (lo que conocemos como people), capaces de engendrar comunidades, al tiempo que son comunidades tan ficticias como perecederas. Se trata de una catastrófica ilusión de una estulticia absoluta, que se encuentra garantizada por un sometimiento absoluto a la técnica. Por desgracia, se suceden las catástrofes sin que nadie repare en ellas, porque la mayoría ya es víctima de la anestesia sensible ocasionada por la técnica. 


Una creciente imposibilidad por representarse la relación entre causa y efecto, como si la técnica obligara a omitir la sensibilidad y el cuerpo, y creo que la cosa va peor, por ejemplo, con los videojuegos en los que se trata de matar todo lo que se mueve. Pero, desgraciadamente, uno se da cuenta de que no solo en los videojuegos el paso entre la ficción y la realidad se vuelve fácil. Me parece que es también una de las consecuencias del progreso técnico alcanzado, por caso, en la bomba atómica, porque basta empujar un botón para matar a miles de personas sin que esto remita a una realidad física. Es decir, se trata aquí de un nihilismo que, al borrar el cuerpo, elimina el sentido.
 
Una sociedad que niega cualquier negatividad. Un signo y un síntoma significativo de la positividad ficticia a la cual las distintas formas del poder recurren para anestesiar el espíritu y la sensibilidad.
 
Tenemos a un hijo de inmigrado polaco, un niño superdotado, cuyos padres trabajaron duro, hicieron ahorros, muchos esfuerzos para que su hijo tan dotado pudiera volverse brillante y hasta un excepcional profesor universitario en el campo de las matemáticas en Berkeley. Y de repente todo se derrumba porque basta con que este joven llamado Theodore Kaczynski, un matemático fuera de serie, dotado de un extraordinario poder lógico, ejerza su capacidad lógica fuera de su especialidad para que, de un día para otro, se encuentre fuera de la ley. Es decir, al ejercer esta lógica implacable con respecto al mundo en que vivía, se da cuenta de que este mundo no funciona. Poco a poco comienza a tomar distancia con respecto a su trabajo, a sus colegas, hasta que acaba en un bosque. Y ante las catástrofes que, a sus ojos, provoca la sociedad industrial, ya no tiene más recurso que fabricar sus bombas (porque, además, es ecologista y fabrica él mismo bombas artesanales). En el fondo, su crimen consiste en haber sido consecuente, si se puede decir: de manera delirante, pero consecuente hasta jugarse su libertad. Es muy fácil condenarlo como se hizo llamándolo el loco bomber, en lugar de constatar que, después de todas las catástrofes que conocimos desde entonces, precisamente estamos viviendo el porvenir catastrófico que Unabomber había anunciado como la consecuencia lógica de la misma sociedad en la que vivimos y que lo condenó.

Nunca  acepté la noción de mal a causa de la fatalidad que le confiere su origen cristiano. Precisamente porque esta noción de mal resulta sumamente cómoda para generar cualquier ideología en la que violencia y crimen pueden aparecer sobre pedido. Me explico: se sirven del mal para fabricar buenos y malos, y decidir de pasada qué crímenes son condenables y cuáles son recomendables. Es también una de las razones del escándalo que sigue pesando sobre el pensamiento de Sade, porque él nunca cesó de proclamar que un crimen es un crimen, sobre todo en “Franceses, un esfuerzo más”, que se encuentra en La filosofía en el tocador, que es, insisto, un libro moral, porque revela la inmoralidad de la ideología como una máquina para justificar el fin que justifica los medios. En cuanto a la violencia del poder y a su discurso paradójico, no falta mucho para que me adhiera a la observación que hacía Petrus Borel, un pequeño romántico como se le llama, en la primera mitad del siglo XIX: “En París hay dos cuevas: una de ladrones y otra de asesinos; la de los ladrones es la Bolsa, y la de los asesinos es el Palacio de Justicia.”
 
En  todas las épocas se produce esta comunicación por el abismo, podría decirse, entre los individuos y el tiempo en que les toca vivir. Una geología de lo sensible, cuyos movimientos imperceptibles o violentos traicionan grandes cambios de sensibilidad que sin cesar reconfiguran el abismo que nos funda y que modifica lo que Nietzsche llamó admirablemente “la profundidad de las apariencias”.
 
Una de las novedades aportadas por el surrealismo y de la cual no se habla mucho ha sido la de rechazar la noción del poeta maldito que gusta tanto. En cambio, el surrealismo, y pienso en particular en Benjamin Péret, afirmó la idea del poeta que maldice al mundo. A mi juicio es uno de los puntos fundamentales que se intentó neutralizar reduciendo el surrealismo a una estética entre otras. Casi lo lograron puesto que todo el mundo contribuyó a la tentativa y porque todo el mundo así lo prefiere. Sin embargo, no desespero en creer que aquí o allá, todavía hay jóvenes –o habrá jóvenes– que, ante una realidad inaceptable, partirán a la búsqueda de manantiales de agua para saciar su sed de absoluto.



El mal es la ausencia de sueño  más allá de los juicios morales y de los cambiantes criterios de justicia. Si el mal existe, el mal está en la ausencia del sueño. En 2006, Radovan Ivšic, cuya vida compartí, observaba esta desgracia: “Este mundo duerme pero no sueña.” Tomando en cuenta la observación, me pregunto si no es tiempo de oponerse a las múltiples estafas culturales que solo sirven para engañarnos sobre nuestra situación. De todas maneras, a partir del momento en que uno renuncia a terminar rápidamente –es decir, a suicidarse– entonces más vale apostarle a lo improbable y así, en la grisalla que nos rodea, el deslumbramiento será mayor aún.
 
Sade se propone pensar lo que, civilización tras civilización y siglo tras siglo, se consideró impensable, a saber, la ferocidad del deseo e incluso por qué el deseo está ligado a la criminalidad. Sade empieza con un texto insoportable, casi ilegible, que es Los ciento veinte días de Sodoma, donde comienza a interesarse por las pasiones criminales, es decir, aquellas que son socialmente irrecuperables en el momento en que los filósofos de las Luces, al contrario, se lanzan en la gran empresa de socialización de las pasiones mediante su desvío hacia el campo económico. Pero, más allá del escándalo manifiesto que consiste en rechazar cualesquiera soluciones sociales, también resulta vertiginosa la manera de pensar de Sade, que nunca negociará, como lo explica en una carta a su esposa fechada en 1783. Voy a leer un fragmento de esta carta que dice claramente de qué se trata:
 
Mi manera de pensar, dice usted, no puede ser aprobada. Pues, ¡qué me importa! ¡Loco es aquel que adopta una manera de pensar para satisfacer a los demás! Mi manera de pensar es el fruto de mis reflexiones. Pertenece a mi existencia, a mi organización. No puedo cambiarla, e, incluso si lo quisiera, no lo haría. Esta manera de pensar que usted sanciona es el único consuelo de mi vida, desagravia todas mis dolencias en la cárcel, acarrea todos mis placeres en el mundo y me importa más que la vida misma. No es mi manera de pensar lo que provocó mi desgracia, sino la de los demás. Por ende, como usted dice, si mi libertad me costara el sacrificio de mis principios o de mis gustos, podemos decirnos un adiós definitivo porque preferiría sacrificar mil vidas y mil libertades si las tuviera. Hasta en el cadalso no cambiaría.


Después de esto, es difícil leer a Sade como a cualquier filósofo, porque lo que le importa es el arraigo pasional del pensamiento y porque nos conduce hasta lo más profundo de la noche sexual, allí donde, para él, el surgimiento del pensamiento es indisociable del brote del deseo. Es muy claro al respecto, como puntualiza al final de Juliette: “Repudian las pasiones sin darse cuenta de que la razón se enciende con su llama.”  De allí el escándalo de sus argumentos que, como él lo proclama en La filosofía en el tocador, insisten en poner la filosofía en el tocador, lo cual equivale a poner en tela de juicio la filosofía entera porque no hay filósofo que, al contrario, no busque poner el tocador en la filosofía con el único objeto de conceptualizar la cuestión erótica.
 
Por esta razón se produce el vértigo que siempre suscita la inflexible voluntad de reintroducir el cuerpo en el pensamiento, pues, para Sade, no hay ideas sin cuerpos, ni tampoco cuerpos sin ideas; su aporte esencial consiste en liberarnos de las ideas a las que recurre la falsa conciencia para disfrazar las incoherencias que la fundan. Es en este sentido que Sade puede ser contemporáneo, aunque tan solo sea para ayudarnos a detectar, más allá de cualquier religión, una religiosidad endémica que hoy alimenta múltiples formas de servidumbre voluntaria, precisamente para disimular las incoherencias políticas, intelectuales, culturales que semejantes formas de servidumbre generan. Pienso por ejemplo, para ser más concreta, en la sacralización de la infancia y la satanización de la pedofilia, que sirven para encubrir el gigantesco secuestro de menores y de la infancia misma por las marcas, la sociedad mercantil y la violencia de los videojuegos, es decir, por el mundo de la mercancía que, de pronto, decidió hacer de la infancia su blanco.
 
Me interesan los itinerarios que abren hacia horizontes cuya inaudita novedad sin duda constituye una bocanada de oxígeno en un mundo cada vez más autorreferente. Así, estos nuevos horizontes primero valen por la distancia, corta o amplia, que nos permiten tomar con respecto a lo que vivimos. Y, más precisamente, porque Ser y Cosa están cada vez más reducidos a su función. Por esta razón me importaba insistir en El hombre unidimensional de Herbert Marcuse, escrito en 1964, porque él se había adelantado a prever la manera en que el ser humano iría a convertirse, a causa de la sociedad industrial y de la técnica, en un ser exclusivamente concebido como funcional.
 
Llegar a ceñir lo ínfimo que permite alejarse para volver con mayor intensidad al corazón de lo existente es lo que otorga a la poesía su poder de transfiguración, y sobre este punto quiero citar a Osip Mandelstam, quien decía: “La poesía es el arado que levanta las capas profundas del tiempo y, por ello, es una victoria sobre el tiempo.”
 
Sade no se equivoca cuando precisa en las primeras páginas de Los ciento veinte días de Sodoma:
Uno no imagina cuánto la voluptuosidad resulta aguijoneada por esta seguridad y lo que se emprende cuando uno puede decir: estoy solo aquí, estoy al fin del mundo, a salvo de cualquier mirada y sin la posibilidad de que una creatura me alcance, sin freno, sin barreras. En este momento el deseo brota con una impetuosidad sin límite y la impunidad que lo favorece acrecienta deliciosamente la ebriedad; solo hay Dios y la conciencia. Y ¿de qué fuerza puede ser el primer freno a los ojos de un ateo de corazón y de reflexión, y qué poder puede tener la conciencia en quien se ha acostumbrado a vencer sus remordimientos hasta el punto de casi disfrutarlos?


Es preciso advertir que el secreto es capaz de preservar (por eso Sade insiste en ello) el todopoderoso imaginario. Que a menudo pueda confundirse con el mal, no hay lugar a dudas. Pero ante todo se trata de la búsqueda de una soberanía absoluta que cada cual persigue en el sueño, en el amor. Y es precisamente lo que Robert Desnos advirtió, desde 1923, en un breve texto esencial titulado Del erotismo:
 
Todo hombre preocupado por el infinito en el tiempo y el espacio construyó esta erótica en el secreto de su alma. Todo hombre amante de la poesía, preocupado por los misterios contingentes o distantes, gusta de apartarse en este retraimiento espiritual donde el amor es, a un tiempo, puro y concupiscente en lo absoluto.
 
Entonces, para combatir la obscenidad del realismo sexual que hoy triunfa, creo que sería bueno encomendarse a Sade. No para acabar con el cuerpo sino todo lo contrario, y me gustaría remitir a uno de los grandes libertinos de Sade, Belmor, quien explica claramente a su amiga Juliette de qué se trata:
Aquí están sus nalgas, Juliette, están ante mis ojos, las encuentro hermosas, pero mi imaginación, me atrevería a decir, siempre más brillante y más hábil que la naturaleza, crea unas todavía más hermosas. Lo que usted me ofrece solo es hermoso, lo que yo invento es sublime. Haré con usted lo que todo el mundo puede hacer, y me parece que haría con este culo, obra de mi imaginación, cosas que ni los dioses inventarían.
 
Tenemos aquí, uno de los antídotos contra el formateo de los seres y de los deseos, que nada nos obliga a aceptar por más que hoy intenten convencernos a toda costa. Nunca entendí bien lo que es el arte o la literatura en el sentido usual del término y, por ende, no puedo hablar de ella como de un ámbito reservado y menos aún como un ámbito sagrado. Un texto de André Breton de los años treinta formula muy claramente de qué se trata. Por lo demás, el texto se titula “Claramente”:

La vida, tal como la entiendo, ni siquiera llega a ser el conjunto de los actos atribuibles a un individuo, estén predispuestos a terminar en el cadalso o en el diccionario, sino la manera como él parece haber aceptado la inaceptable condición humana.
 
A mi juicio, todo parte de ahí y todo regresa a este punto: a esta inaceptable condición humana y a la manera de acomodarse o no a ella. Solo sé que con palabras, contornos, sonidos, algunos logran desafiar lo inaceptable dando forma a lo que los habita. Y, al hacerlo, nos llevan muy lejos, incluso si siempre parten de un detalle o de una sensación que está al origen de un viaje, hasta diría al origen del desvío que representa precisamente la invención de la forma. Quizá nos regresará a nuestro punto de partida, pero también transfigurará lo que es, a la par de lo que somos, y, al mismo tiempo, enriquecerá el mundo con un nuevo horizonte.
 
Cuando  se habla de tradición, siempre recuerdo una célebre frase del Primer Manifiesto del surrealismo, que me había llamado poderosamente la atención: “En materia de rebelión, nadie necesita ancestros.” Es verdad, no necesitamos ancestros, con mayor razón hoy cuando nos machacan hasta el hartazgo el deber de la memoria. De repente nos conminan a prestar atención a la tradición, a transmitirla, a la manera de transmitirla, etcétera.
 
Dado el funcionamiento de nuestras sociedades en las que las fórmulas ritualizadas parecen multiplicarse para negar lo existente (por ejemplo, la marca registrada cada vez más sirve para remediar la ausencia de lo que anuncia), si algo se vuelve el blanco de una repentina insistencia mediática, es porque están aniquilando su sentido. Es decir, se habla de las cosas para liquidar el asunto, para que se acabe. A mi juicio se trata de una manera espectacular de cancelar a la vez la memoria sensible y la memoria política, trivializándolas en producto cultural más o menos edulcorado.
 
Por lo tanto, no cabe duda de que el reacomodo cultural tiene que ver con la nueva censura mediante el exceso como si se tratara de impedir por todos los medios que aflore lo reprimido. No hay que olvidar el creciente número de seres que la globalización aleja cada día más de sí mismos. Hasta podría ser que esta suerte de desastres referentes a la memoria esté al origen de las peores afirmaciones de identidad como alternativas al mundo interconectado. Así nos están despojando de los tesoros que nos legaron, como la tradición,  y me parece que las maneras de reconquistar estos tesoros están en las formas de oposición a este mundo, pero hay que empezar por deshacerse de todos los envoltorios culturales que los desfiguran cada vez más para acomodarlos a la moda del día. Es una manera de rebelión al alcance de todos, que además conlleva la promesa del encantamiento.


 
La  relectura de Victor Hugo nos había maravillado, aun cuando todos los esfuerzos habían sido desplegados para relegar a Hugo a una especie de gabinete de antigüedades. Pero basta un gesto muy sencillo, el más sencillo del mundo: tomar un libro, abrirlo, leerlo. Entonces, de pronto, surge la maravilla. Y esta forma de oposición es muy sencilla.

Annie Lebrun

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